Así empieza: El mundo es ansí



«Sacha había nacido en una finca próxima a Moscú. Su padre, Miguel Nicolaievitch Savarof, era un militar distinguido. Había vivido en su juventud como un oficial de posición, asistiendo a las fiestas del gran mundo, jugando y bebiendo con sus camaradas, emborrachándose alegremente, dando alguna que otra vez una paliza a algún labriego o a algún soldado, pero sin mala intención y sin guardarle después rencor. En el fondo no había hecho más que seguir las tradiciones del militar de buena familia.

Al llegar a la mitad de la vida y al verse revestido de autoridad se hizo despótico, brutal y puntilloso. Como no era inteligente creyó que debía ser duro. De jefe se vio que Savarof no sólo no brillaba por su inteligencia o por su cultura, sino que se hacía cada vez más cerrado, más torpe, más militar.

Hay algunos fisiólogos que suponen que mientras la sutura frontal del cráneo no se cierra definitivamente, el cerebro puede seguir desarrollándose y creciendo. Sin duda a Savarof esta sutura se le cerró pronto, cosa bastante frecuente entre los generales rusos y de los demás países.»

Así empieza: Invisibles, de Paul Auster



«Le estreché la mano por primera vez en la primavera de 1967. Por entonces yo era un estudiante de segundo curso en Columbia, un muchacho sin formar con ansia de libros y la creencia (o ilusión) de que algún día tendría las suficientes cualidades para considerarme poeta, y como leía poemas, ya conocía a su tocayo del infierno de Dante, un muerto que iba arrastrando los pies por los últimos versos del canto veintiocho del Infierno. Bertran de Born, el poeta provenzal del siglo XII, que llevaba cogida del pelo su cabeza cortada, haciéndola oscilar de un lado a otro como un farol: sin duda una de las imágenes más grotescas de ese extenso catálogo de alucinaciones y tormentos.»

Así empieza: El hombre de los dados



«Soy un hombre alto, con manos de carnicero, enormes muslos como robles, cabeza con grandes mandíbulas, y gafas de culo de botella. Mido un metro noventa y tres centímetros y peso ciento cuatro kilos. Me parezco a Clark Kent, excepto por el hecho de que cuando me quito el traje apenas soy un poco más rápido que mi mujer, sólo soy un poco más fuerte que los hombres que tienen la mitad de mi tamaño y porque, dé los saltos que dé, ni de lejos salto edificios.

Como atleta soy excepcionalmente mediocre en todos los deportes importantes y en varios que no lo son. Juego de manera arriesgada y funesta al póquer, y en la bolsa soy algo así como prudente y competente. Me casé con una mujer bella que había sido animadora y también vocalista de un grupo de rock, y tengo dos hijos encantadores, no-neuróticos y del todo anormales. Soy profundamente religioso, soy el autor de Desnudo ante el mundo, una novela pornográfica adorable y de primera clase y, no soy, ni nunca lo he sido, judío.»

Así empieza: Wilt, de Sharpe




«Siempre que Henry Wilt sacaba al perro a pasear o, para ser más precisos, cuando el perro le sacaba a él o, para ser más exactos, cuando la señora Wilt les decía a ambos que se fuesen de casa para que ella pudiese hacer sus ejercicios de yoga, Henry siempre seguía la misma ruta. De hecho el perro seguía la ruta y Wilt seguía al perro.»
¡Arriba!